En el contexto del caso Jeffrey Epstein, Virginia Giuffre no fue solo una víctima: fue una conciencia incómoda para un mundo que durante demasiado tiempo miró hacia otro lado. Tuvo el valor de hacer lo más difícil: poner nombre al abuso, señalar a los poderosos implicados en la red de explotación y enfrentarse a un sistema que suele proteger más a los culpables que a quienes sufren. En su lucha no habló solo por ella, habló por todas las niñas y jóvenes que fueron abusadas y explotadas en torno a Epstein.
Su historia, ligada para siempre al escándalo de Epstein, nos recuerda una verdad dolorosa: muchas víctimas no llegan a ver la justicia. Algunas quedan atrapadas en el trauma, otras se quiebran ante la presión, el descrédito o la indiferencia social.
A veces no es solo el abuso lo que acaba con ellas, sino la soledad y la violencia institucional que encuentran cuando deciden decir la verdad sobre personas poderosas. Recordar a Virginia Giuffre en el marco del caso Epstein es un acto de memoria y de responsabilidad colectiva. Decir su nombre es negarnos al olvido, es afirmar que su valentía no fue en vano. Que su lucha siga siendo un espejo incómodo para quienes callaron, protegieron o miraron hacia otro lado, y un faro para quienes aún buscan justicia. Que descanse en paz, sabiendo que su voz sigue viva en cada verdad que se atreve a salir a la luz.

