Una parte viva de tu madre sigue habitando tu cuerpo: la ciencia detrás del microquimerismo

Durante el embarazo, sus células cruzaron la placenta y se instalaron en tu cerebro, hígado y sangre. Siguen activas hasta tres décadas después. La ciencia lo llama microquimerismo materno

El microquimerismo, el fenómeno por el que células maternas viven en el cuerpo de sus hijos durante décadas, está cambiando lo que sabemos sobre el vínculo biológico entre madre e hijo.

No es una metáfora ni una frase de tarjeta de Día de la Madre: es biología comprobada. Durante el embarazo, una pequeña fracción de células de la madre cruza la placenta y se instala en los tejidos del feto, donde puede permanecer activa por décadas después del nacimiento. La ciencia lo llama microquimerismo materno, y es uno de los fenómenos más fascinantes —y menos conocidos— de la fisiología humana.

Investigadores han detectado células maternas en la sangre, la piel, el hígado e incluso el cerebro de personas adultas, hasta treinta años después de su nacimiento. No son células dormidas: cumplen funciones. Estudios recientes publicados en Nature Communications muestran que, al menos en modelos animales, estas células maternas ayudan a regular la microglía del cerebro en desarrollo, modulan el sistema inmune del hijo y participan en la maduración de circuitos neuronales asociados a la memoria y el comportamiento.

El fenómeno funciona en ambas direcciones. Las madres también conservan células de sus hijos —el llamado microquimerismo fetal— alojadas en órganos como el corazón, los pulmones y el cerebro, donde podrían intervenir en procesos de reparación de tejidos. Algunos investigadores plantean que esa “memoria celular” explicaría por qué el cuerpo de una madre tolera mejor embarazos posteriores.

No todo es benigno: una mayor concentración de células maternas también se ha vinculado a enfermedades autoinmunes como el lupus neonatal, la esclerodermia y ciertas miopatías infantiles. La comunidad científica sigue investigando dónde termina el beneficio y dónde empieza el riesgo. Lo que ya no está en discusión es el hecho fundamental: una parte viva de tu madre, literalmente, sigue habitando tu cuerpo.