Mientras el mundo busca soluciones para enfrentar la crisis climática y la degradación ambiental, diversas comunidades indígenas en Chile llevan siglos aplicando conocimientos que hoy son reconocidos por la ciencia por su capacidad para restaurar ecosistemas, conservar el agua y proteger la biodiversidad.
Desde los bofedales del altiplano hasta las costas de Chiloé, prácticas ancestrales desarrolladas por pueblos originarios están demostrando que la convivencia armónica con la naturaleza puede ofrecer respuestas concretas a algunos de los mayores desafíos ambientales del siglo XXI.
Los bofedales: oasis verdes creados por generaciones
En las zonas altoandinas del norte de Chile, comunidades indígenas han mantenido durante siglos los bofedales, humedales de altura que funcionan como verdaderas reservas naturales de agua y carbono.
A través de técnicas tradicionales como la canalización de agua, la construcción de pequeños diques y la siembra de vegetación nativa, estas comunidades han logrado conservar ecosistemas que sirven de refugio para especies como llamas, alpacas, guanacos y vizcachas.
Los bofedales cumplen además una función clave frente al cambio climático, ya que almacenan grandes cantidades de agua y ayudan a capturar carbono atmosférico, actuando como auténticas esponjas naturales en medio del desierto más árido del planeta.
La efectividad de estos conocimientos ha sido tal que varias de estas prácticas son actualmente utilizadas en proyectos de restauración ambiental financiados por el Estado para recuperar suelos degradados por la sequía, la erosión y los aluviones.
Glaciares artificiales para enfrentar la escasez hídrica
En medio de la creciente crisis del agua, comunidades atacameñas han comenzado a implementar una innovadora técnica inspirada en conocimientos ancestrales de pueblos indígenas del Himalaya: la construcción de glaciares artificiales.
Conocidas como “estupas de hielo”, estas estructuras permiten almacenar agua durante el invierno mediante sistemas que canalizan y congelan el recurso en grandes formaciones piramidales. Posteriormente, el hielo se derrite de forma gradual durante los meses más secos, proporcionando agua para los ecosistemas y las actividades productivas.
La técnica ya se utiliza en distintas zonas del norte de Chile para apoyar la conservación de bofedales y asegurar el suministro hídrico en períodos de escasez.
Incluso en la cordillera central, proyectos desarrollados en el Cajón del Maipo están adaptando esta tecnología con apoyo de monitoreo satelital para evaluar su potencial frente a la disminución acelerada de los glaciares naturales.
El conocimiento mapuche que ayuda a recuperar el mar
En el sur del país, las comunidades mapuche lafkenche también están demostrando que la conservación y el aprovechamiento sustentable pueden ir de la mano.
En la isla Apiao, en Chiloé, mantienen una antigua práctica denominada “corralitos de pirenes”, pequeños muros de piedra construidos en la zona costera donde los peces depositan sus huevos durante determinadas épocas del año.
La recolección se realiza bajo estrictas normas comunitarias que garantizan la permanencia de suficientes huevos para asegurar la reproducción de las especies. Estudios científicos recientes han validado esta práctica al comprobar que favorece la biodiversidad marina y fortalece la salud de los ecosistemas costeros.
A ello se suma otra técnica ancestral conocida como “arreglos subacuáticos”, mediante la cual buzos mariscadores restauran manualmente sectores del fondo marino afectados por la sobreexplotación. La reubicación de especies como piures, choritos, picorocos y choro zapato ha permitido recuperar áreas degradadas y favorecer el retorno de recursos marinos de alto valor ecológico y económico.
Cuando la ciencia valida la sabiduría ancestral
Lo que durante generaciones fue transmitido de forma oral entre comunidades indígenas hoy está siendo respaldado por investigaciones científicas y proyectos de conservación.
Lejos de ser conocimientos del pasado, estas prácticas se posicionan como herramientas concretas para enfrentar desafíos globales como la crisis hídrica, la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.
En un escenario marcado por fenómenos ambientales cada vez más extremos, la experiencia acumulada por los pueblos originarios demuestra que algunas de las respuestas más innovadoras para el futuro podrían encontrarse en conocimientos que han sobrevivido durante siglos.