Arthur Badilla Quiroz
Profesor de Historia y Administrador Público
Hay momentos en que las decisiones de política exterior dejan de ser asuntos exclusivamente diplomáticos y comienzan a revelar algo mucho más profundo: qué modelo de mundo estamos construyendo y qué lugar queremos ocupar en él.
La reciente incorporación de Chile al denominado Escudo de las Américas, impulsado por la administración de Donald Trump, merece ser observada precisamente desde esa perspectiva.
El Gobierno chileno sostiene que se trata de una herramienta de cooperación internacional destinada a combatir el crimen organizado y el narcotráfico. Y nadie puede desconocer que el crimen transnacional constituye una amenaza real para los países latinoamericanos. El Tren de Aragua, los carteles mexicanos y otras organizaciones criminales han adquirido una capacidad de operación que exige coordinación entre los Estados. Esa parte del problema es innegable.
Pero la pregunta política es otra: ¿hasta dónde llega la cooperación y dónde comienza la subordinación estratégica?
El Escudo de las Américas no aparece en un vacío. Forma parte de una política exterior estadounidense que durante la administración Trump ha recuperado explícitamente una lógica de predominio hemisférico.
Y aquí aparece una discusión que Chile no debería eludir; durante décadas, América Latina conoció distintas formas de intervención de Estados Unidos: políticas, económicas, militares y diplomáticas. Hoy el lenguaje ha cambiado. Ya no necesariamente se habla de combatir al comunismo. Ahora se habla de narcotráfico, crimen organizado, terrorismo, migración y seguridad hemisférica.
La amenaza existe. Lo que debe discutirse es cómo se utiliza políticamente esa amenaza y cuáles son las consecuencias de convertirla en el eje ordenador de las relaciones internacionales.
El problema no es combatir el narcotráfico. El problema comienza cuando la lucha contra el narcotráfico se transforma en una justificación para ampliar capacidades militares, operaciones transfronterizas o mecanismos de influencia política que terminan debilitando la soberanía de los Estados.
No se trata, entonces, solamente de seguridad. Se trata también de poder político, y la economía tampoco queda fuera.
La política exterior de Trump tampoco puede analizarse separadamente de su política económica. La utilización de aranceles como instrumento de presión internacional ha alterado las relaciones comerciales globales. La Organización Mundial del Comercio ha advertido que las nuevas barreras comerciales y la incertidumbre asociada a ellas han generado importantes perturbaciones en el sistema multilateral de comercio.
La lógica es conocida: Estados Unidos utiliza el tamaño de su mercado y su poder económico para obtener concesiones de otros Estados.
Desde esa perspectiva, la política de América First no constituye simplemente una consigna electoral. Es una concepción de las relaciones internacionales en la que los intereses económicos y estratégicos estadounidenses adquieren prioridad.
Y ahí aparece una cuestión todavía más profunda: qué ocurre con los derechos sociales y laborales cuando el mundo comienza a organizarse nuevamente alrededor de grandes bloques de poder y de gobiernos que privilegian la reducción del Estado, la desregulación económica y la seguridad por sobre las políticas sociales.
No sería correcto afirmar que todos los gobiernos de derecha son fascistas. Son categorías históricas y políticas diferentes. Pero sí existe actualmente una expansión de fuerzas de derecha radical o ultraconservadora en distintos países.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a izquierda contra derecha. Debe ser una discusión sobre democracia, soberanía, derechos sociales y límites al poder económico y militar.
Venezuela, Irán y el valor estratégico de los recursos.
La cuestión energética agrega otra dimensión.
En el caso venezolano, las medidas de Washington hacia el país se han relacionado también con intereses de seguridad energética. Esto no demuestra por sí solo que las acciones estadounidenses hayan tenido como única motivación el petróleo. Pero sí permite formular una pregunta perfectamente legítima: ¿Puede comprenderse la política exterior estadounidense hacia Venezuela sin considerar la enorme importancia estratégica de sus reservas petroleras?
La misma pregunta puede formularse respecto de Irán. Trump ha sostenido que impedir que Irán desarrolle armas nucleares constituye una prioridad de seguridad internacional. Las declaraciones sobre la posibilidad de una presencia estadounidense y de beneficios económicos derivados de los recursos iraníes permiten observar cómo seguridad y economía pueden aparecer entrelazadas.
Eso obliga a mirar la política internacional con algo más de profundidad que los discursos oficiales. Seguridad, petróleo, influencia geopolítica y poder económico aparecen muchas veces entrelazados.
Palestina y el debate sobre el sionismo.
La tercera dimensión es todavía más compleja: Medio Oriente.
Aquí es fundamental distinguir entre sionismo como corriente política e histórica, el Estado de Israel, el Gobierno israelí de turno y las decisiones concretas de sus fuerzas militares y colonos. No son conceptos equivalentes.
Lo que sí está documentado es que la situación palestina continúa siendo extremadamente grave. Naciones Unidas ha informado durante 2026 sobre desplazamientos, demoliciones, expansión de asentamientos, violencia de colonos y restricciones crecientes a la movilidad palestina en Cisjordania.
La cuestión palestina no puede reducirse a una discusión religiosa. Es una discusión sobre ocupación, territorio, soberanía, derechos humanos, seguridad y autodeterminación nacional. Y nuevamente aparece Estados Unidos.
El respaldo político, militar y diplomático de Washington a Israel convierte a Estados Unidos en un actor fundamental de cualquier discusión sobre el futuro de Palestina y de Medio Oriente.
¿Qué mundo estamos construyendo?
Quizás esta sea finalmente la pregunta que Chile debe hacerse.
El ingreso al Escudo de las Américas puede ser entendido como una decisión de cooperación contra el crimen organizado. Esa es la explicación oficial y contiene un problema real que ningún Estado puede ignorar.
Pero también puede ser analizado dentro de una transformación más amplia del escenario internacional: el fortalecimiento de alianzas políticas y militares, el regreso de una lógica de bloques, la utilización de la presión económica como instrumento diplomático y la creciente disputa por recursos estratégicos.
La pregunta no es si Chile debe combatir el narcotráfico. Por supuesto que debe hacerlo.
La pregunta es con quién, bajo qué condiciones, con qué límites y preservando qué grado de autonomía. Porque una cosa es cooperar internacionalmente. Y otra muy distinta es entregar progresivamente la capacidad de decidir nuestro propio destino.
En tiempos en que las grandes potencias vuelven a disputar territorios, recursos y zonas de influencia, América Latina necesita algo más que alianzas militares.
Necesita democracia, soberanía, integración regional y una defensa efectiva de los derechos sociales y laborales.
Y Chile, antes de escoger un bloque, debería preguntarse qué principios está dispuesto a defender.